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Es lunes a las 18:00 en Lavapiés. En la puerta de un pequeño local de la calle Provisiones se arremolinan unos cuantos hombres que hablan entre ellos. Cuando llego, todos con una sonrisa se acercan, me tienden la mano y me saludan como hemos estado practicando las semanas anteriores. “Hola, ¿qué tal?”. “Bien y ¿tú?” respondo. “Bien, muy bien” me responde Samsul. “Buenos días” me dice Moinul, siempre sonriente. Me río y le respondo que no Moinul, que a esta hora del día ya se dice “Buenas tardes”. “Ahhhh, síi ya sé”. Entramos todos en el pequeño local que nos ha prestado la asociación Valiente Bangla. Aquí apenas caben las quince o dieciséis personas que vienen a dar clase cada lunes y miércoles por la tarde en el mes de julio.  Todos ellos son de Bangladés. Algunas veces hemos llegado a ser dieciocho o diecinueve, nunca hay sillas suficientes para todos y alguno tiene que quedarse de pie, pero eso no parece importarles. A cada sesión siguen viniendo todos con las agendas de Voluntari@s por Madrid que les dimos el primer día. José Luis, un voluntario veterano curtido en mil batallas se desenvuelve con soltura en la clase, los alumnos le escuchan con una mezcla de admiración y respeto, él es un maestro en toda regla. Yo como voluntario novato intento aprender de él todo lo que puedo. “Hay que ponerse el chaleco, no te olvides”, me recuerda antes de empezar.

Hoy repasamos los números, los meses del año, a decir fechas, a preguntar cuándo es nuestro cumpleaños. Unos a otros se van preguntando en qué año nacieron, la fecha completa de su nacimiento o el día en el que estamos. Recordamos que el primer mes es enero y el décimo es octubre, que se dice sep-tiem-bre y no sep-tem-ver. Diferenciar sesenta de setenta cuesta, pero en dos horas es increíble cómo van cogiendo cada sonido y cada letra. Les gusta que vayamos preguntando de uno en uno, como poniéndoles a prueba. Y es que no es una clase al uso, estamos ahí para hablar y casi no hay tiempo. Repetir, preguntar, volver a repetir, de uno en uno, ahora todos juntos. Cogen notas en sus libretas llenas de lo que para mí son jeroglíficos. Muchos de los participantes que están en esta actividad solo llevan en nuestro país una semana, o un mes, pocos llegan al año. Han llegado a Madrid sin saber muy bien cómo, y el castellano es tan diferente de su lengua que hace que cada sesión sea realmente una proeza.

Con  sonidos como la eñe o la ch debemos detenernos siempre que aparecen para machacarlos y repetir, repetir y repetir. Los hay muy avanzados, como Saifur que lleva ya seis meses aquí, o también a los que les cuesta más soltarse sin vergüenza y hablar en alto, como Abdul Salam que apenas lleva dos semanas en España. Pero se ayudan unos a otros, y nos traducen si algún compañero no entiende nuestras explicaciones. En una pizarra que antes llevaba escrito el menú del día de algún bar del barrio escribimos los números del uno al diez, las decenas y las centenas, hasta llegar al mil. En la otra pizarra nueva, vamos escribiendo nuestras fechas de cumpleaños y en alto uno por uno vamos repitiendo, recordando que el séptimo mes es julio, y que mayo no es lo mismo que marzo. Queda media hora y aprovechamos para repasar las horas que vimos la semana pasada. “Sahibul ¿Qué hora es?” pregunta José Luis. “Son las siete y treinta minutos” responde. “Muy bien, o también son las siete y media”. En el reloj que hemos dibujado vamos poniendo diferentes horas y van respondiendo. Para acabar hacemos una batería de palabras. “Ratón – ratón”, “casa – casa”, “tenedor – tenedor”, “piña-pinia”…. “Pi-ña, no pinia” corrige José Luis. Las dos horas de la clase no dan para más, “Tanvir, ¿qué hora es?”, “Son las ocho en punto”. La clase ha terminado.

Si me preguntas por qué soy voluntario, o por qué estoy dentro de este proyecto es fácil de responder. Por cosas como estas. Cuando uno ha estado lejos de su casa sabe lo que se siente. Cuando uno está aprendiendo una lengua o no entiende lo que le están diciendo sabe cómo es esa sensación. Por eso, cualquier ayuda es poca. Lo que personas como José Luis o yo hacemos no tiene gran mérito, el mérito lo tienen ellos. “Gracias Lucas”, “Adiós, adiós”, “Buenos días” me dice Ahmed despidiéndose con la mano… sonrío, “Hasta el miércoles Ahmed”.

 

Texto escrito por Lucas García Alcalde, voluntario de Voluntari@s por Madrid.

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